En un país donde a la hora de la toma de posesión de un cargo público, unos juran, otros prometen, añadiendo obviedades como que lo hacen “por imperativo legal”, o aprovechan la ocasión para lanzar una proclama política, demuestra que algo no va bien.  Nadie parece reparar en que la fórmula oficial “juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor…”, sólo requiere una respuesta afirmativa “sí, juro o sí, prometo” sin más añadidos. Hay también una sutil diferencia en jurar (tiene connotación religiosa, porque se pone a Dios por testigo) y prometer (más laico, la garantía es la palabra) por mucho que Wikipedia diga que un juramento es una promesa. Se jura bandera, no se promete. Los médicos hacen el juramento hipocrático, no la promesa hipocrática. Pero tan válido es jurar como prometer, sin añadidos extras, pues el acto tiene un sentido simbólico donde se verbaliza públicamente la lealtad a la Constitución, pero el juramento en sí mismo no da o quita legitimidad al cargo pues esa legitimidad viene dada por los votos. Pero las formas tienen su importancia y hay que mantenerlas.

Y digo que algo no va bien porque de ahí a la inseguridad jurídica hay un paso ya que todo es discutible y cualquier razonamiento que convenga al momento (más bien ocurrencia) es aplaudido e incluso tratado como democrático –que no se nos caiga esa palabra de la boca- y progresista (los progresistas eran un partido liberal del siglo XIX). No es de extrañar, por tanto, que cuando los políticos dicen, por ejemplo, “no pactaré”, no están dando la importancia debida a la palabra dada y posteriormente, cuando la incumplen, lo justificarán con cualquier subterfugio lingüístico.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que la palabra dada era ley. Si se rubricaba con un apretón de manos la cosa tenía más fuerza que cualquier contrato escrito. Romper la palabra era un deshonor, porque ese intangible llamado Honor (subjetivo y objetivo) tenía un gran valor y atropellarlo era sancionado por las leyes escritas y por las no escritas. Desde la antigüedad, era incluso considerado como un capital personal junto con otras virtudes – muchas de ellas también en trance de desaparecer hoy día-  como bien describió Calderón en su verso, que, aunque se refería a la Milicia expresamente, era también el reflejo del concepto que la sociedad de la época tenía sobre el honor:

Aquí, en fin, la cortesía, el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad, el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia, fama, honory vida son
caudal de pobres soldados;

El honor tenía derechos y deberes en forma de reglas o principios aceptados por toda la sociedad. Hoy día sigue existiendoel derecho al honor, asociado a otros derechos, como los relativos a la propia imagen o la intimidad y sigue siendo objeto de protección jurídica tanto en las distintas legislaciones nacionales (en España, art. 18 de la Constitución) como en la Declaración Universal de Derechos Humanos en su art. 12. Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.Pero ya no es lo mismo que antaño.

¿Y dónde ha quedado el deber? Porque de él no se habla. Podría inferirse que si yo “tengo derecho a…tú tienes la obligación o el deber de…”, pero no, la cosa no funciona así, en tanto que el deber, las obligaciones, los principios, estorban porque recortan o limitan la libertad. Si, ya se que las leyes nos imponen una serie de obligaciones, pero no me refiero a los conceptos jurídicos sino a los morales, a esos principios para los que no se necesitan leyes escritas. Pero de la misma manera que el honor ha de tener sus límites, la libertad también. Como todo en la vida, porque la diferencia entre veneno y medicina está en la dosis.

Así pues, arrinconados estos conceptos, no es de extrañar que nuestros políticos digan hoy una cosa y mañana la contraria, sin ningún pudor a pesar de que las hemerotecas les recuerdan lo que dijeron ayer; hoy pactan con unos y mañana con otros, incluso con ambos a la vez, de tal manera que su palabra vale bien poco porque cambia en función de sus intereses, no el de los ciudadanos.

Llegados a este punto conviene recordar que esta decadencia moral, donde la ejemplaridad ya no tiene cabida, junto con la perversión de la lengua viene de largo y se ha ido gestando poco a poco, como siguiendo un plan. Es interesante leer el apócrifo decálogo de Lenin[1]para ver las similitudes con lo que está ocurriendo hoy. Es también conocido como el manual para el control de una sociedad:

  1. Corrompa a la juventud y déle libertad sexual.
  2. Infiltre y después controle todos los medios de comunicación de masas
  3. Divida a la población en grupos antagónicos, incitando las discusiones sobre asuntos sociales.
  4. Destruya la confianza del pueblo en sus líderes.
  5. Hable siempre sobre Democracia y Estado de Derecho, pero, en cuanto se presente la oportunidad, asuma el Poder sin ningún escrúpulo.
  6. Colabore con el vaciamiento de los dineros públicos; desacredite la imagen del País, especialmente en el exterior y provoque el pánico y el desasosiego en la población por medio de la inflación.
  7. Promueva huelgas, aunque sean ilegales, en las industrias vitales del País.
  8. Promueva disturbios y contribuya para que las autoridades constituidas no las repriman.
  9. Contribuya a destruir los valores morales, la honestidad y la creencia en las promesas de los gobernantes. Nuestros parlamentarios infiltrados en los partidos democráticos deben acusar a los no comunistas, obligándolos, so pena de exponerlos al ridículo, a votar solamente lo que sea de interés de la causa socialista.
  10. Registre a todos aquellos que posean armas de fuego, para que sean confiscadas en el momento oportuno, haciendo imposible cualquier resistencia a la causa.

Ya lo dijo Julius Henry Marx, conocido como Groucho Marx: estos son mis principios; si no le gustan tengo otros.  Pero España seguirá adelante, inasequible al desaliento y a pesar de nosotros mismos, porque espero que no defraudemos a Von Bismarck cuando dijo queEstoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido.”

Afortunadamente, las empresas siguen apreciando la buena reputación, la estabilidad política y económica, la paz social y la seguridad jurídica. Pero algunas acciones políticas no ayudan a ello e incluso en ocasiones parecen ir en contra de lo anterior, por mucho que los políticos digan lo contrario, pues ellos son incapaces de ponerse de acuerdo en cosas básicas que nos afectan a todos.

Antonio Manuel
Analista y Consultor Senior de Inteligencia y Seguridad – Global Intelligence